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    Esta bióloga es la máxima especialista en una de las criaturas más desconocidas e intrigantes que pueblan los océanos: el narval, cetáceo ártico dotado de un largo cuerno. Laidre ha contado a Ángela Posada-Swafford cómo sigue su estela en las gélidas aguas de Canadá y Groenlandia.

    Metida hasta la cintura en el agua de los fiordos de Groenlandia, la joven Kristin Laidre intenta ponerle un transmisor controlado por satélite al resbaladizo dorso moteado de un narval que ha caído en su red. La escena trae a la mente los famosos tapices de La dama y el unicornio. Porque, al igual que el blanco corcel mitológico, el cetáceo capturado es una criatura tímida y huidiza; y del mismo modo que la mujer de la obra medieval explora los cinco sentidos, Kristin quiere aprenderlo todo sobre la ballena dentada más desconocida y esquiva de los mares. La diferencia estriba en que se trata de un animal tan real como estas páginas. Su cuerno de casi tres metros de largo, el cual dio origen a la fantasía del unicornio, es un estupendo colmillo de marfil retorcido en forma de espiral, que tradicionalmente ha valido centenares de veces su peso en oro.

    Antes de aparecer Laidre, bióloga marina de 33 años doctorada por la Universidad de Washington en Seattle (EE UU), el Monodon monoceros era un signo de interrogación. Mucho de lo que sabemos ahora sobre él se debe a sus diez años de investigaciones en las costas septentrionales de Canadá y Groenlandia y la bahía de Baffin, un brazo del océano Ártico situado entre el país norteamericano y el territorio danés, prácticamente los únicos puntos donde habita el narval. Y aunque cuenta con la inestimable ayuda de un equipo de cazadores inuit y de su colega Mads Peter Heide-Jørgensen, del Instituto Groenlandés de Recursos Naturales, considera que apenas ha hecho mella en su objeto de estudio.

    “Posiblemente sea el animal más difícil de observar. Suele pasar la mayor parte del tiempo nadando mar adentro y buceando a grandes profundidades; vive entre las grietas de la gruesa capa de hielo oceánico, y a veces parece saber cómo esconderse y eludir las redes. Algunas temporadas no ves ni un solo ejemplar. Es frustrante”, explica Laidre a MUY INTERESANTE en una entrevista telefónica.

    Una hoja en blanco para la biología

    A esta investigadora, que abandonó su incipiente carrera como bailarina de ballet para dedicarse a la oceanografía, le llaman la atención los narvales porque constituyen una hoja en blanco para la biología. Pero también porque viven en el Ártico, un lugar por el que siempre se ha sentido atraída. “El calentamiento global hace que todo esté transformándose delante de nuestros ojos. Hay mucho que aprender”.

    El unicornio del mar forma parte de esa misión. “Hemos enfocado nuestro trabajo, patrocinado principalmente por la National Science Foundation y la NASA, en entender las relaciones entre este mamífero y su hábitat. Sólo de esa manera podremos sugerir formas para protegerlo. Intentamos responder a las grandes preguntas: Cómo le afectarán la retirada de la capa helada y el aumento de la temperatura del agua. O las nuevas actividades humanas, como la explotación de los recursos marinos y la apertura de rutas marítimas ahora que hay menos hielo. Queremos saber cuál es su capacidad de adaptación a los cambios y de qué modo se verán afectadas sus presas, el fletán o halibut negro, el bacalao y el calamar del género Gonatus”.

    Poner transmisores a los narvales es la única manera de trazar sus rutas migratorias o medir los grados del agua que frecuentan. Resulta sumamente difícil y caro: huyen de los motores de lanchas y helicópteros, se niegan a dejarse acorralar hacia la costa –como sí puede hacerse con sus parientes las belugas– y, puesto que son ballenas pequeñas, tienen el don de la velocidad, por lo que es imposible instalarles con un rifle el dispositivo electrónico de seguimiento. Entonces hay que atraparlos con redes. O mejor aún, acudir a la sabiduría de la población autóctona.

    “Los inuit se acercan sigilosamente con sus kayaks y les colocan el transmisor con un arpón. Antes yo misma lo intentaba, pero ya ni me molesto. Dejo a los biólogos en la playa y permito que los cazadores hagan la labor”, explica la bióloga. Relacionarse con los inuit, afirma Laidre, es una de las mayores alegrías de su trabajo. Incluso aprendió a hablar el groenlandés occidental y a cocinar sus platos, sin importarle que algunos de los pueblos no tengan agua corriente. En este acercamiento amistoso, los esquimales reciben cientos de dólares de remuneración como asistentes de campo. Hay que decir que para los nativos del Ártico, el narval no es un objeto de lujo, sino de estricta necesidad. Tradicionalmente han aprovechado hasta el último centímetro de la ballena, quemando su aceite en lámparas, comiendo su carne y haciendo botas y ropa con su piel. Con el largo colmillo –que crece casi exclusivamente en los machos– fabrican trineos, arpones, postes para las carpas y figurillas de artesanía. Pero en 2004, el gobierno danés impuso límites a la caza y prohibió la venta de su marfil. “No se capturan más de unos 300 individuos al año”, dice Laidre. Y añade: “Eso es sostenible”.

    En la última década, la bióloga ha implantado con éxito transmisores a unos 60 narvales, lo que le ha permitido seguir sus vidas por internet a lo largo de meses e incluso años. También ha analizado muchos cadáveres y estudiado el contenido de los estómagos. Sus publicaciones aportan valiosa información sobre migraciones, características de buceo, hábitos alimenticios y las reacciones de estas fantásticas criaturas ante su depredador principal, las orcas. Laidre calcula que podrían existir entre 70.000 y 80.000 ejemplares en el mundo, pero en realidad nadie lo sabe. Durante el verano habitan en los fiordos y bahías someras de las costas canadiense y groenlandesa que dan a la bahía de Baffin, a donde migran en invierno. Entonces se concentran en las aguas profundas, cubiertas por una espesa capa de hielo. La investigadora descubrió que durante la estación fría el pequeño cetáceo no sólo se aparea, sino que también consume enormes cantidades de fletanes. Es decir, se ceba para enfrentar el verano.
    En una típica jornada invernal, los narvales bucean continuamente para alimentarse de la grasienta carne de los peces que viven en el oscuro lecho marino; se ha calculado que la población de la bahía de Baffin podría consumir 880 toneladas de fletán en un solo día. Cuando regresan a la superficie para respirar, buscan las pequeñas grietas que se forman en el hielo invernal y que, sometidas a temperaturas de -34º C, permanecen abiertas poco tiempo. En abril, los hielos comienzan a perder consistencia: es la señal para iniciar su migración de dos meses hacia el Norte, y el momento en que Laidre y su equipo hacen las maletas para acudir a su encuentro. Altamente sociables, pueden verse en grupos, con sus redondas cabezas manchadas de blanco y negro asomando entre los resquicios del hielo.

    Pero es sin duda el famoso colmillo la característica más fascinante del Monodon monoceros, nombre científico que precisamente significa “un diente, un cuerno”. Lleno de pulpa dental y terminaciones nerviosas, en los individuos vivos aparece cubierto de algas; su base está rodeada de parásitos. Nadie sabe exactamente cómo y por qué el narval desarrolló este solitario apéndice cuando apareció en el Pleistoceno, hace medio millón de años. Se ha dicho que les sirve para perforar el hielo, para ensartar peces, para usarlo de señuelo o para detectar la salinidad y la temperatura del agua. El escritor estadounidense Herman Melville (1819-1891) bromeaba diciendo que en realidad era para abrir sobres.

    Mira que colmillo más largo tengo…

    Al igual que la mayoría de la comunidad científica, Laidre acepta la hipótesis de Darwin en El origen del hombre. Siguiendo al naturalista inglés, el retorcido diente desempeñaría una función equivalente a la melena del león, las plumas del pavo real o los cuernos del alce: “Es una herramienta útil para establecer jerarquías de dominación; para atraer a las hembras y competir por ellas”, sostiene Laidre. Se ha observado que los machos frotan sus colmillos suavemente uno contra el otro cuando hay chicas cerca. “El diente no puede ser algo crucial para la supervivencia porque las hembras no suelen tenerlo. Así de sencillo”.

    La suerte de los unicornios marinos está inevitablemente unida a la del hielo. Se han encontrado fósiles de ellos muy al sur, en Norfolk, Inglaterra, hasta donde se extendía la capa helada hace 50.000 años. La masa de agua sólida los protege de las orcas, que no pueden penetrar en el hielo debido al tamaño de sus aletas dorsales. Probablemente esto explica que los narvales carezcan casi completamente de apéndice natatorio en su lomo. Y lo que es aún más importante, recuerda Laidre: bajo el manto congelado se hartan de fletán.

    Pero este acceso privilegiado también tiene un precio: los narvales pueden quedarse sin salida al exterior. De hecho, muchos se ahogan de esa manera durante el invierno. Laidre piensa que las muertes masivas por asfixia podrían haber causado hace miles de años la baja diversidad genética que hoy en día presentan los narvales.

    Aunque ahora el peligro viene más bien de la escasez de hielo. Desde 1979, el océano Ártico ha perdido una superficie de cobertura helada equivalente a dos veces el tamaño de Alaska. Una de las posibles consecuencias es el aumento de la cantidad de luz que penetra en el mar, lo que perturbaría la química del agua. Esto a su vez ocasionaría redistribuciones en la cadena del plancton y de las presas del narval.

    Últimamente, la cuestión candente del cambio climático ha impulsado a Laidre a usar a los narvales como instrumentos de muestreo oceanográfico. “Puesto que estos animales llegan rutinariamente a grandes profundidades, se nos ocurrió que podríamos instalar sensores de temperatura en los transmisores que llevan a cuestas. Los estudios han demostrado que las temperaturas del fondo de la bahía de Baffin están incrementándose. Estos datos podrán ser comparados y combinados con información histórica para analizar los cambios térmicos del océano profundo”.

    Aunque por ahora la mayoría de las poblaciones de los narvales parecen estables, Laidre piensa que factores como la rigidez de sus rutas migratorias, la baja diversidad genética y el escaso número de especies marinas de las que se alimentan no juegan a su favor. Especialmente a la luz del calentamiento global. “Hay que seguir armando el rompecabezas de las relaciones de los narvales con su hábitat para saber cómo les están afectando los cambios medioambientales”. Y esto, advierte la dama del unicornio, “no es algo que se pueda entender en un par de años”.

    Fuente: muyinteresante

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